Hace ya
mucho tiempo que un grupo de jóvenes futbolistas se unieron de manera
espontánea para hacer historia. Y fue precisamente ese carácter
espontáneo que dicho vínculo atesoró en sus inicios
el detonante, años más tarde, de la creación de esta leyenda.
Porque
sobraba talento, decisión y valentía. Porque a lo largo de los años
abundó la tenacidad, el empuje y la perseverancia. Porque este grupo
irradió energía allá donde pisó desde el primer día.
Nunca se rigieron por normas, jamás se ajustaron a un patrón de
conducta; ese grupo de jóvenes basó su existencia en algo tan extinto
como necesario como es el compañerismo y la generosidad.
El arrojo de
uno era el arrojo de un grupo, que por pura y simple
magnificencia se pasea por el mundo protegido por le seguridad que le
otorga la solidez y la reciedad de ser parte de algo mejor, más fuerte y
más grande. A día de hoy esta corporación se hace llamar El Txurro y es
ejemplo de excelencia en el mundo.